A propósito de los setenta años de la taxonomía de Bloom, publicada en 1956, y del primer curso en el que todos los alumnos de la ESO llevan un chatbot en el bolsillo.
Taxonomía de Bloom e inteligencia artificial: la máquina ya hace los dos primeros niveles, y los otros cuatro son de la clase
Ana Pujana, fundadora de Clyra. .
Cualquier alumno de primero de la ESO tiene hoy en el bolsillo algo que le explica un tema más fácil, se lo resume y le hace un test para repasar. Lo hace bien, con paciencia infinita y a cualquier hora. Y las tres cosas son el mismo trabajo: los dos peldaños de abajo de una escalera de seis que cualquier profesor de este país se sabe de memoria.
Seis verbos que todo opositor conoce
En 1956 Benjamin Bloom ordenó lo que se le puede pedir a un alumno en seis niveles, de menos a más: recordar, comprender, aplicar, analizar, evaluar y crear. Setenta años después la taxonomía sigue en cada programación didáctica, en cada oposición y en la base de los «criterios de evaluación» del currículo actual, que son la forma oficial de decir qué tiene que saber hacer un alumno al terminar la unidad. Cuando un profesor diseña una «situación de aprendizaje», que es como el currículo llama a una tarea con contexto y producto final, lo que hace es recorrer la escalera: empezar por recordar y terminar creando algo.
Lo que ha cambiado este curso es que los dos primeros peldaños tienen máquina. Un chatbot explica lo que el alumno no entiende, le simplifica un tema y le genera preguntas para practicar. Eso es recordar y comprender. No es poca cosa: es lo que hasta ahora hacía un buen resumen, un compañero que se lo sabe o una academia. Pero es la mitad de abajo de la escalera, y la mitad fácil.
Lo que ninguna máquina puede hacer por el alumno
Aplicar, analizar, evaluar y crear tienen algo en común: exigen que el alumno se moje. Aplicar es usar lo que sabe en un caso que no viene en el libro. Analizar es separar las partes y ver cómo encajan. Evaluar es tomar partido con razones. Crear es hacer algo que antes no existía. En los cuatro, el trabajo lo tiene que hacer él, y una IA que le da la respuesta bien explicada no le ahorra ese trabajo: se lo quita.
Aquí está el riesgo. Si la máquina resuelve los dos primeros peldaños y el alumno le pide que resuelva también los cuatro de arriba, lo hará, y muy bien. Le redactará el análisis, le argumentará la opinión y le inventará el personaje. El alumno habrá entregado un trabajo de nivel seis sin haber subido del nivel dos. Es la forma de uso que PISA acaba de asociar a peores resultados: la IA como atajo para la tarea.
Lo que puede hacer un profesor con esto, en la próxima unidad: mirar cada tarea que pone y preguntarse en qué peldaño está. Si es recordar o comprender, un chatbot la hace mejor y más rápido, y no pasa nada por dejarle esa parte. Si es de los cuatro de arriba, diseñarla para que no se pueda entregar sin haber pensado: un caso que no está en internet, una decisión con razones, un producto propio. Y pedir que el alumno la defienda en clase.
Una hora que sube los seis peldaños
Cuando diseñamos una sesión de Clyra, cada paso lleva escrito su nivel de la taxonomía. La del Paleolítico empieza por recordar: un dato de la zona donde vive el alumno. Sigue por comprender: qué comían, dónde dormían, cómo se hacía una herramienta. Sube a analizar con un yacimiento real y su dato más raro: gente que hacía cosas que no necesitaba para sobrevivir. Pasa por evaluar, cuando el alumno tiene que decidir qué de todo eso importa para imaginar a alguien que vivió allí. Y termina en crear: un personaje con biografía que solo existe porque él lo ha construido, decisión a decisión.
La cronista que acompaña ese recorrido no explica el tema: lo cuenta desde dentro y pregunta. Y medimos, turno a turno, en qué peldaño está cada pregunta que hace, para saber si la sesión sube de verdad o se queda abajo. Cuando se queda abajo, cambiamos la sesión, no al alumno.
Por eso Clyra no es un tutor. Un tutor de IA sirve para estudiar el tema en casa, y está bien que exista. Clyra es la hora de clase en la que el tema se convierte en algo que el alumno ha hecho. Un centro puede tener las dos cosas. Lo que no puede es confundirlas.
Setenta años más
La taxonomía de Bloom va a sobrevivir a esta ola como sobrevivió a la anterior, porque no describe una tecnología sino lo que le pasa a una persona cuando aprende. Lo que cambia es quién ocupa cada peldaño. Los de abajo ya tienen máquina. Los de arriba siguen siendo el trabajo de un alumno y de su profesor, y ese trabajo es el único que este curso merece la pena diseñar.