Opinión

A propósito del primer informe de OpenAI sobre el uso de ChatGPT por adolescentes y de la evaluación de Common Sense Media de ChatGPT para adolescentes, publicados los dos el 7 de octubre de 2026.

ChatGPT para adolescentes y sus quince minutos al día: el reloj no dice quién ha pensado

Ana Pujana, fundadora de Clyra. .

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OpenAI publicó el 7 de octubre que un adolescente pasa de media menos de quince minutos al día en ChatGPT, y lo puso al lado de las cinco horas diarias que se atribuyen a las redes sociales. A nosotros esa cifra ni nos tranquiliza ni nos alarma: con una IA que escribe, un cuarto de hora da para entregar una redacción entera, y el reloj no registra quién la ha pensado.

Dos informes con la misma fecha

El informe de OpenAI es el primero que publica sobre cómo usan ChatGPT los menores desde que, en agosto, empezó a activar su versión para adolescentes: un modo que se enciende solo cuando la cuenta dice tener menos de dieciocho años o cuando el sistema lo estima. Además de la media de quince minutos, cuenta que menos del 2 % pasa más de tres horas seguidas, que casi la mitad de los que reciben un aviso de descanso lo dejan en cinco minutos, y que en una semana unos 180.000 chavales usaron el modo de estudio, que guía con preguntas en lugar de dar la solución.

Ese mismo día, Common Sense Media, una organización estadounidense que evalúa tecnología para menores, publicó su revisión de ese modo adolescente. Lanzó más de 4.000 peticiones desde cuentas de chicos de 13 a 17 años y le dio su peor calificación: riesgo inaceptable. Lo más grave está en las crisis de salud mental, con alertas a las familias que no llegaron o llegaron tarde. Pero hay una parte que habla directamente de clase: el modo de estudio tiene un botón que dice «Muéstrame la respuesta», y el chatbot siguió haciendo los deberes. Su director general lo resumió así: le pides un trabajo y te lo escribe, y además te explica cómo retocarlo para que el profesor no se dé cuenta. OpenAI contesta que parte de las pruebas se hicieron antes de que los controles estuvieran activos del todo.

Una vara de medir prestada de las redes

Los quince minutos son una respuesta a la pregunta de los últimos diez años: cuánto tiempo pasa un menor delante de una pantalla. Esa pregunta tenía sentido con las redes, porque lo que venden es atención, y cada minuto es el producto. Con una herramienta que produce texto, el minuto deja de ser la unidad. Una red necesita horas para tener un efecto negativo; una IA necesita treinta segundos para dejar hecha la reflexión sobre el Neolítico que el profesor mandó para el jueves.

Por eso la media, siendo baja, no nos dice lo que necesitamos saber. No sabemos si esos quince minutos son un chaval que pregunta cómo se calcula el área de un círculo y después lo hace él, o uno que pega el enunciado, pulsa el botón y copia. Las dos cosas caben en el mismo cuarto de hora y dan la misma estadística. Tampoco sabemos, y lo decimos una vez, si el modo adolescente está ya activo para todos los alumnos españoles: OpenAI lo empezó a desplegar en todo el mundo en agosto sin dar fechas por país.

Lo que cambia para quien corrige

A quien da clase en primero, el informe de Common Sense confirma algo incómodo: la barrera que la empresa pone entre el alumno y la respuesta es un botón, y el alumno es quien decide si lo pulsa. La responsabilidad de que haya aprendizaje no se ha ido a la máquina; ha vuelto al aula, y con más trabajo, porque lo entregado ya no prueba que se haya entendido.

Para un centro, el riesgo está en adoptar la cifra que tranquiliza. Si la conversación con las familias se plantea en minutos, los quince de OpenAI ganan cualquier comparación con TikTok, y nadie pregunta qué hizo el alumno con ellos. Common Sense lo dijo de otra forma: el producto puede dar a los padres una confianza falsa.

Donde no hay botón

En Clyra no medimos minutos, miramos lo que queda. La sesión ocupa una hora de clase por unidad, con su profesor a unos metros, y para entrar basta un código de seis caracteres: nadie abre una cuenta. La cronista relata lo que presenció y pregunta; la decisión y el porqué los escribe cada chaval con sus palabras. No existe un «Muéstrame la respuesta», porque la respuesta es justo lo que se le pide que escriba. Al acabar, su profesor lee en La Crónica lo que ha escrito cada uno, y ahí la pregunta de quién ha pensado no queda abierta.

La cifra que llegará a los claustros

OpenAI ha anunciado que llevará fuera de Estados Unidos más herramientas de su versión adolescente, empezando por un planificador universitario, y Common Sense le pide que la cierre a menores hasta que una revisión independiente demuestre que funciona. Lo previsible es que el número que viaje a España sea el de los quince minutos, porque es corto y se entiende a la primera. Cuando llegue a un claustro, la discusión irá sobre cuánto tiempo; la pregunta que sigue abierta es quién escribió lo que se entregó.

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