Opinión

A propósito del estudio de directores de recursos humanos del IBM Institute for Business Value con Oxford Economics, publicado el 21 de septiembre de 2026.

IBM pregunta a las empresas qué necesitan de sus empleados con IA: criterio, y el criterio se aprende en clase

Ana Pujana, fundadora de Clyra. .

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IBM ha preguntado a 1.500 directores de recursos humanos qué necesitan de sus empleados ahora que la IA hace el trabajo rutinario, y la respuesta es criterio: saber cuándo la máquina se equivoca y atreverse a decirlo. Nosotros lo leemos como una noticia para las aulas, porque un profesor no prepara a sus alumnos para el examen de la unidad: forma a quienes dentro de diez años tendrán que tomar esas decisiones.

Lo que piden quienes contratan

El IBM Institute for Business Value, con Oxford Economics, encuestó entre abril y junio a 1.500 directivos de recursos humanos de 21 zonas del mundo y a 8.800 empleados de 28 países. El 71 % de los directivos dice que la capacidad más esencial de una plantilla es supervisar, validar y corregir lo que produce la IA. El 57 % pone el pensamiento crítico entre lo más importante, y el 48 %, el juicio humano. La directora de recursos humanos de IBM lo resume así: cuanta más tarea rutinaria asume la máquina, más pesa lo que solo hace una persona.

Saber que se equivoca no basta

El estudio también pregunta a los empleados, y ahí aparece lo incómodo. El 60 % teme perder habilidades por usar la IA, y la que más citan como en declive es el pensamiento crítico. El 43 % cuenta que, cuando algo sale mal con la IA, la culpa cae sobre ellos. Y el 41 % de los directivos cree que sus empleados quizá no se sienten seguros para cuestionar o corregir lo que la máquina propone.

Ese último dato es el que más nos interesa: no basta con saber que una respuesta falla, hay que sentirse con derecho a decirlo. Es un hábito, y los hábitos no se instalan en una formación de dos tardes cuando uno ya trabaja.

Se aprende antes de la primera nómina

El estudio es de empresas, no de escuelas: no dice cuándo se aprende el criterio, y esa lectura la ponemos nosotros. Pero corregir lo que dice una máquina exige saber de lo que habla, y eso se construye en clase. Una chavala que crece sin haber comparado nunca dos relatos de un mismo hecho, ni haber tenido que decidir qué prueba se sostiene y cuál no, llega a los veintidós sin haber practicado el gesto que ahora piden los directores de recursos humanos.

Por eso el cambio de mirada es para el profesor. Lo que tiene delante no es solo la unidad de este trimestre: es la primera ocasión que tendrán esos alumnos de dudar de algo con motivos y de explicar por qué. Cada curso lo prepara el anterior. Quien llega a bachillerato sin haber contrastado nunca una fuente no lo va a hacer de repente en un trabajo de investigación, ni después en un informe de su empresa.

Cuatro viajan, dos se quedan

En la actividad de Mesopotamia de Clyra, el alumno es un aprendiz de escriba en la Babilonia del 650 a. C. y tiene delante seis tablillas de barro. No tiene que buscar nada: las pruebas son siempre las mismas, y su trabajo es juzgarlas. Por cada una anota para qué la usarían en su época, y defiende cuáles cuatro merecen viajar a la biblioteca de Nínive. Al abrir la actividad, un aviso le dice que, si algo no lo entiende, lo diga en vez de inventárselo. El profesor lee después, en la misma clase, el razonamiento de cada alumno.

Lo que van a preguntar

En cuanto estos estudios se repitan, que lo harán, las preguntas de las entrevistas de trabajo cambiarán: no será qué herramientas sabes usar, sino cuándo no te fiaste de una y qué hiciste. Esa respuesta se empieza a construir desde pequeños, en las clases donde el profesor deja que el alumno dude y le pide que lo defienda.

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